jueves, 3 de septiembre de 2026

Carlos Alberto G. Rivodó

          

Carlos G. Rivodó (foto reparada con AI)


HOMENAJE PÓSTUMO

En uno de mis viajes al pasado, a mediados del siglo XX, buscando mis ancestros y parte de mi ADN en aquellas calles de la parroquia El Valle, encontré muchas cosas. Pero, entre todas ellas, hubo un alma que, en particular, llamó profundamente mi atención.

I. EL NIÑO Y LA CÁMARA

Vi a un niño feliz, con un objeto extraño entre las manos que, con el tiempo, iba a convertirse en parte de él. Su sonrisa es grande, amplia; su felicidad con aquel objeto lo hace brillar.

María Carlota Rivodó Linares, su tía y hermana menor de su madre, acaba de regalarle una cámara fotográfica.

Él es Carlos Alberto G. Rivodó.

Nacido en Caracas, en la parroquia El Recreo, Venezuela, el 18 de junio de 1941, hijo de Josefa María Rivodó Linares.

La cámara es una Ansco Shur Shot, fabricada en 1948 en Nueva York, que todavía existe y forma parte de una pequeña colección de cámaras que posee Carlos.

Lo veo recorriendo cada esquina con su caja. Inclusive puedo leer su mente, soñando con ser un gran fotógrafo, jugando desde ya a ser grande.

Ahora todo le da curiosidad.

Los gatos lo quieren. Las calles vibran ante su emoción. Sus amigos quedarán para siempre en la historia de cada fotografía que, de manera inquieta, repite y repite.

Su tía todavía no puede medir lo que ha hecho con este regalo.

En la casa de sus vecinos, la familia Dávila, ha instalado junto a sus amigos de infancia, Miguel, Fernando y José Antonio, su primera “oficina fotográfica”, que llamaron GATOFILMS.

Los guía su verdadero mentor en ese mundo increíble de la fotografía, Adrián Lucena, quien aún sigue siendo su entrañable amigo.

Su destino está escrito.

Vivirá enlazando imágenes que volarán entre sus pensamientos cada día.

Cada camino, cada espacio, cada objeto ya no es lo que era antes. Ahora tienen vida.

Ya una puerta no es una puerta: es un mundo de líneas, figuras, historia y materiales que se juntan para contar secretos.

A los pocos años, las cámaras se transforman. Ya no son “el cajón” de hacer imágenes; son equipos con lentes de calidad y películas profesionales.

Se reducen en tamaño y comienza una nueva forma de mirar, de entender lo mirado.

El buen fotógrafo se destaca porque logra hacer que en sus imágenes esté aquello que nadie percibe en la vida real. Él cuadricula con su ojo creativo el día a día que lo rodea y se prepara para los siguientes pasos.

II. EL FOTÓGRAFO DESCUBRE SU MIRADA

En aquella época, el arte, la fotografía, la bohemia, la izquierda y la oposición al sistema iban de la mano.

Grandes pensadores y artistas observaban la vida desde la acera de enfrente.

Carlos no.

Él participa en los acontecimientos que marcarán los años sesenta. No solamente retrata: asume una posición política que, a la larga, será también el estímulo para nuevas oportunidades dentro de una profesión que ya ha adquirido con pasión.

Se presentan en su camino grandes fotógrafos.

Francisco Edmundo Pérez, “El Gordo Pérez”, le da su primer trabajo profesional y lo hace miembro del Círculo de Reporteros Gráficos de Venezuela.

Es su maestro.

Entre juegos y risas le enseña el dominio profesional de las películas y cómo obtener de ellas su mejor provecho.

Junto a otro gran personaje, Fulvio Sassi, se lanza a la fotografía deportiva de competencias de motores: carros, motos, lanchas.

La velocidad sin límite.

Fulvio se convierte en su más querido amigo y lo hace su colaborador más cercano. Le enseña todo lo que sabe desde su vasta experiencia y lo convierte también en laboratorista fotográfico.

Luego aparece Renny Ottolina, el hombre con el que se define la grandeza de la televisión venezolana hasta nuestros días.

Renny lo convierte en su fotógrafo y amigo.

Juntos viajan por Europa.

Se abren nuevas puertas al aprendizaje:

televisión, publicidad y cine.

III. EL HOMBRE QUE DECIDIÓ ENTRAR EN LA HISTORIA

Después, los viajes.

Carlos en Namibia

Años en Italia, Francia, Inglaterra y Medio Oriente.

Y, como producto de aquella experiencia, aparece “La Guerra”.

Egipto, Israel, El Congo, Angola, Namibia, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Cuba, México...

Sin detenerse jamás de fotografiar.

El Caracazo.

Los golpes del 4 de abril y del 27 de noviembre.

El deslave de Vargas.

La guerra en Colombia.

La crisis de los balseros.

La invasión a Granada.

Y tantos otros acontecimientos que marcaron a Venezuela y a América durante aquellos años.

Eso lo convirtió en nuestro FOTÓGRAFO DE GUERRA.

La vida lo hizo partícipe de muchos conflictos, de los que fue, muchas veces, testigo único.

Fotografió desde dentro de los hombres.

Su visión de guerrero lo llevó a hacer imágenes en medio de diluvios de balas.

Ser fotógrafo de guerra es convertirse en la guerra misma.

Se debe tomar partido para ingresar en ella.

Se hacen amigos entrañables. Se crean hermanos. Se consiguen amores.

Y se aprende, a la fuerza, que todo tiene que ser verdadero, porque la muerte urge.

Carlos lo dijo alguna vez:

“El paradigma de lo que es la guerra, para mí, muchas veces se convirtió en la meta de la vida, tal mi compenetración con la fotografía y lo que veo a través de mi cámara”.

IV. EL HOMBRE DETRÁS DE LA CÁMARA

Fotógrafo.

Reportero.

Investigador.

Corresponsal internacional.

Artista audiovisual.

Escritor.

Pensador.

Feroz lector.

Un hombre completo.

Ahora que lo he visto en detalle, no me cabe la menor duda.

Carlos Alberto G. Rivodó ha visto la vida desde el corazón de la muerte y la muerte desde el balcón de la vida.

En algún momento de nuestra conexión virtual, y sabiendo de su inmensa trayectoria, le pregunto por los premios y distinciones que ha recibido a lo largo de su carrera.

Siempre he pensado que la grandeza de los hombres es directamente proporcional a su humildad.

Y aunque todos saben que en nuestro país, al pensar en fotografía, riesgo, inmortalidad, alma y sensibilidad a través de la imagen, se piensa en Carlos G. Rivodó, su respuesta es una muestra de cuán grande era:

“Me pides que te diga los premios y distinciones nacionales e internacionales que he ganado, pero en realidad no he participado en muchos concursos. Sólo recuerdo la Mención de Honor Tina Modotti por una foto inspirada en un pensamiento de André Bretón, que me otorgaron en la Primera Bienal de La Habana.

Lo que sí me gusta hacer, y he hecho muchos, son libros, como por ejemplo La Tierra Doctorada y La obra escultórica en el mundo del Libertador, que hice con Rafael Pineda, un conocido crítico de arte aquí en Venezuela.

Venezuela Siglo XX. Visiones y Testimonios, que hice para la Fundación Polar. El Rescate del Cerebro de PDVSA, 25 Monumentos de Caracas con Fundarte, cientos de catálogos de artistas y publicaciones en todos los diarios y revistas de Venezuela y de Inglaterra, España, Italia, Francia, Cuba, Nicaragua, México, etc.”

Carlos Alberto G. Rivodó fallece en San Antonio, Miranda, Venezuela, el 3 de septiembre de 2026, a los 85 años.

Cierro los ojos y regreso a aquellas calles de El Valle.

En mi viaje busco al niño que alguna vez vi corriendo con aquella Ansco entre sus manos.

No lo encontré por las calles.

Lo encontré en cada fotografía.

En el recuerdo de sus conversaciones.

En la claridad de aquel comentario:

“Para ser fotógrafo de guerra debes tomar parte en ella y decidir por algún bando. Se hacen tus amigos y los quieres con el alma y, mientras les apunto con ráfagas de fotografías, las balas peinan mis pensamientos...”

Ahora entiendo que aquel niño nunca desapareció.

Siguió caminando detrás de cada fotografía.

Siguió buscando aquella imagen que solamente él podía ver.

Siguió mirando el mundo con la misma curiosidad con la que recorrió las calles de El Valle, cámara en mano.

Y quizás eso sea lo que realmente significa ser fotógrafo:

no dejar nunca de mirar.

Carlos nunca se irá de nosotros.

Está en cada recuerdo.

En cada enseñanza.

En cada sonrisa.

En cada historia.

Y, sobre todo, en cada fotografía.

Porque mientras alguien vuelva a mirar una imagen de Carlos Alberto G. Rivodó, él seguirá allí.

Mirando.

Sintiendo.

Contándonos, en silencio, una historia.

Pensar en fotografía… pensar en Carlos Alberto G. Rivodó.

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